Juro que no me enamoré,
pero vi su sonrisa y era la mejor que había visto en tiempo.
Sus manos bajaban desde su rostros hasta sus caderas,
mientras sus ojos bajaban para asegurarse que encajaran en sus bolsillos,
justo después sus ojos se levantaron para mirarme fijamente y sonreírme.
Estaba encantado de que volviera a mirarme así.
Era yo mismo, sonriéndome.
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