Quien me toque tiene el derecho a quedarse sentado al lado de un cuerpo inerte,
no respiro, porque aprendí a no respirar en vano.
Aprendí a detenerme, cuando ya nadie corría a mi lado,
Aprendí a mirar al frente desde que aprendí a no voltear para caerme,
Aún recuerdo hundirme en una taza de café, una revolución de pensamientos y emociones,
me volví adicto a la sensación de calidez y la cafeína no sólo entre mis venas, sino entre mis ojos apreciando el reflejo de mi intención.
Quien me mire tiene el derecho de convertirse en piedra pro la dureza de mis penas,
quien intenté conciliar mi sueño, tendrá que esparcir sus manos primero en el paraíso para darme la chispa que perdí en un alma que huyo hacia ese lugar.
Y si sólo me quieres perder, sólo voltea la mirada...