sábado, 21 de mayo de 2016

La palabra en tela de juicio.

Estás frío, tan frío que no logras percibir la calidez de una mano,
estás tan frío que a penas puedes sentir el bombeo perezoso de tu corazón,
estás tan frío que lo único que puedes sentir es un cosquilleo, porque quien conoce el frío, jamás ha conocido el calor, al menos que lo haya sentido..

Estás tan perdido como tus ideas,
estás rotundamente perdido entre tus líneas, entre tus párrafos,
estás tan perdido entre las palabras que rondan por tu mente que tal vez perderse ya no sea un miedo sino un privilegio.

Tienes tantas ideas bien puestas,
tienes tantas ideas tan descabelladas que hacia todas direcciones vas.

Por lo tanto, escribir es como partirse en miles de pedazos, 
sentir que como te resquiebras por alguien o  incluso nadie,
porque es así, quien escribe tiene problemas y a la vez el privilegio de generarse sentimientos en contra o a favor de su voluntad.

Quien escribe puede ser psicópata por unas horas, 
quien escribe puede ser angelical sin tener alas,
quien escribe merece un nobel, merece condena, merece cualquier cosa,
quien escribe merece todo y a la vez nada.

Quien escribe no cuenta las horas si sus ideas no se le acaban, si arde en llamas por un sentimiento que se le creó o se le murió.

Finalmente quien escribe es carbón puro dispuesto a ser prendido mientras la madera de sus sueños no las perturbe el agua de sus ojos, el agua que recorre un rostro y más si es el de una mujer.