sus ojos risueños siguieron intactos.
Sus caderas finas, suaves,
sensibles al tacto.
Dos dedos eran suficientes para rozar y gozar cada rincón,
ni contarles como es cuando tres dedos más se suman a la victoria de las humildes colinas junto a los besos colgados de cada noche y dos ojos de puertas próximo a un vacío entre los próximos dos ojos al frente, no hay duda que ante no puentes nos arriesgamos a soltar la soga centímetros abajo.
Desde sus piernas que prenden fuego, el ombligo mejor amigo de los labios hasta un cuello sensible, no sólo a los besos, sino a la palabra.
De pies a cabeza la niña es más niña y mujer, como cualquier otra, pero con la diferencia entre su mente y lo que hace para dejar al resto mirándonos.
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