La última vez que tomé su mano,
ser poeta era fácil.
Como si tomarla fuera cargar un revolver de palabras que hirieran y tal vez aniquile sus miedos.
La última vez que tomé su mano,
crear un idioma era fácil y esa era la única forma de entenderla como nadie lo hubiera hecho.
La última vez que tomé su mano,
me acordaba de mi nombre y el suyo porque se escribían en sus ojos.
A. Espinoza (Sobre los contactos del corazón)
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